martes, 1 de septiembre de 2015

CUCHARAFOBIA INFANTIL


He descubierto una nueva patología infantil por la que seguro que me darán multitud de premios y galardones en los próximos años. Bueno, lo cierto es que me los darían si encontrara la vacuna, tratamiento o remedio para curarla… aunque no necesitaré reconocimientos… con lograr revertirla y que mi hijo coma me doy por premiado.

Soy incapaz de entender por qué un niño de apenas 18 meses puede cogerle tal aversión a la comida, en concreto a la cuchara. No me entra en la cabeza.

Este mes de agosto, durante las vacaciones, que uno planea que van a ser estupendas porque uno se lo merece después de un año duro y complicado, he estado sometido a una de las tensiones emocionales más fuertes a las que uno puede enfrentarse: la negativa de tu hijo a comer, la incapacidad de alimentarle y la impotencia de no saber qué hacer

Pablo nunca ha sido un buen comedor, pero estos rechazos, estos retorcimientos en la trona, que más que ofrecerle una cuchara con comida parecía que le intentáramos extraer la muela del juicio sin anestesia, no los entiende nadie. O quizá un experto sí, pero un padre novato como yo, no.

Me he visto, como muchos otros padres según me van contando después, montando unos circos para distraerle y que no se dé cuenta de que come que no podía haberme imaginado. Uno de mis momentos más ridículos ha sido ponerme una toalla de playa cual capa de Superman y subirme a la mesa del comedor para simular que iba a echar a volar en lo que Pablo abría la boca y su madre le metía las cucharadas que podía.

El microondas también se ha convertido en buen amigo. Y no por calentar comidas, sino porque sus botones le gustaban a Pablo y, mientras yo le mantenía en brazos y él tocaba los botones, su madre le metía las cucharadas que podía. Otro tanto nos ha pasado con la lavadora, la campana extractora, la tostadora… no hay límites cuando tu hijo está en muy bajo peso y la única manera de que coma es esa.

Quien me lea debe estar riéndose imaginando las escenas, pero vivirlas es para cortarse las venas. Desesperación total. Depresión. Pozo. Y más cuando no ves un final, porque lo que te sirve hoy le aburre mañana, con lo que toca inventarse algo nuevo a ver si funciona, y los elementos de los que dispone uno son finitos. Te va minando por dentro, te lleva a un estado de tensión y ansiedad permanente que provoca un mal humor infinito y que se lo haces pagar a cualquiera que se cruce en tu camino… no digamos ya a la pareja, que en realidad está sufriendo tanto o más que uno mismo.

Hemos decidido que todo eso se acabó. Que si está en bajo peso, que siga, pero que por ese camino no podemos seguir. Enfermo no está porque come cuando quiere, y cuando no quiere, no. Empieza la época de dejarle pasar hambre…, hambre relativa, claro, pero que pase hambre. Ofrecerle la comida, y si no la quiere se le retira. Y hasta la siguiente. La comida siempre la tendrá a su disposición, pero sin “espectáculos”. Y esperamos que si deja de ver la cuchara como una amenaza, o como una manera de dominarnos, pues que la cosa mejorará… o no. En próximas entregas de “CUCHARAFOBIA INFANTIL” seguiré explicando mis avances o retrocesos. Entretanto, si alguien me lee y tiene una solución…, aquí estoy, dispuesto a lo que sea…

Saludos,

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