He descubierto una nueva
patología infantil por la que seguro que me darán multitud de premios y
galardones en los próximos años. Bueno, lo cierto es que me los darían si
encontrara la vacuna, tratamiento o remedio para curarla… aunque no necesitaré
reconocimientos… con lograr revertirla y que mi hijo coma me doy por premiado.
Soy incapaz de entender por
qué un niño de apenas 18 meses puede cogerle tal aversión a la comida, en
concreto a la cuchara. No me entra en la cabeza.
Este mes de agosto, durante
las vacaciones, que uno planea que van a ser estupendas porque uno se lo merece
después de un año duro y complicado, he estado sometido a una de las tensiones
emocionales más fuertes a las que uno puede enfrentarse: la negativa de tu hijo
a comer, la incapacidad de alimentarle y la impotencia de no saber qué hacer
Pablo nunca ha sido un buen
comedor, pero estos rechazos, estos retorcimientos en la trona, que más que
ofrecerle una cuchara con comida parecía que le intentáramos extraer la muela
del juicio sin anestesia, no los entiende nadie. O quizá un experto sí, pero un
padre novato como yo, no.
Me he visto, como muchos
otros padres según me van contando después, montando unos circos para
distraerle y que no se dé cuenta de que come que no podía haberme imaginado. Uno
de mis momentos más ridículos ha sido ponerme una toalla de playa cual capa de Superman
y subirme a la mesa del comedor para simular que iba a echar a volar en lo que
Pablo abría la boca y su madre le metía las cucharadas que podía.
El microondas también se ha
convertido en buen amigo. Y no por calentar comidas, sino porque sus botones le
gustaban a Pablo y, mientras yo le mantenía en brazos y él tocaba los botones,
su madre le metía las cucharadas que podía. Otro tanto nos ha pasado con la
lavadora, la campana extractora, la tostadora… no hay límites cuando tu hijo
está en muy bajo peso y la única manera de que coma es esa.
Quien me lea debe estar
riéndose imaginando las escenas, pero vivirlas es para cortarse las venas. Desesperación
total. Depresión. Pozo. Y más cuando no ves un final, porque lo que te sirve
hoy le aburre mañana, con lo que toca inventarse algo nuevo a ver si funciona,
y los elementos de los que dispone uno son finitos. Te va minando por dentro,
te lleva a un estado de tensión y ansiedad permanente que provoca un mal humor
infinito y que se lo haces pagar a cualquiera que se cruce en tu camino… no
digamos ya a la pareja, que en realidad está sufriendo tanto o más que uno
mismo.
Hemos decidido que todo eso
se acabó. Que si está en bajo peso, que siga, pero que por ese camino no
podemos seguir. Enfermo no está porque come cuando quiere, y cuando no quiere,
no. Empieza la época de dejarle pasar hambre…, hambre relativa, claro, pero que
pase hambre. Ofrecerle la comida, y si no la quiere se le retira. Y hasta la
siguiente. La comida siempre la tendrá a su disposición, pero sin “espectáculos”.
Y esperamos que si deja de ver la cuchara como una amenaza, o como una manera
de dominarnos, pues que la cosa mejorará… o no. En próximas entregas de “CUCHARAFOBIA
INFANTIL” seguiré explicando mis avances o retrocesos. Entretanto, si alguien
me lee y tiene una solución…, aquí estoy, dispuesto a lo que sea…
Saludos,
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