Decía Ramón de
Campoamor:
“En este mundo traidor
nada es verdad ni es mentira.
todo es según el color
del cristal con que se mira”
Nada más cierto.
Hasta hace unos ocho
meses yo tenía mi visión de la realidad. Que era la buena porque era la mía,
claro está. El mundo era tal cual yo lo veía.
Hasta que nació mi
hijo. Y, ZASCA, la realidad entonces cambió. Y, ZASCA, la realidad se convirtió
en la misma que era para los demás.
Muchos amigos y
familiares tienen ya hijos mayores que el mío.
“Cuando yo tenga un hijo, eso no lo haré”. ZASCA.
“Anda que hacer eso con tu hijo…”. ZASCA.
“Lo que tendría que hacer fulano con su hijo es…”. ZASCA.
“Qué pesados son fulano y fulana, que no saben más que
hablar de su hijo…”.
ZASCA.
“Estoy de las fotos del hijo de fulano en el móvil hasta
el gorro”.
ZASCA.
Y así podría seguir
hasta el aburrimiento.
ZASCA es esa bofetada
que te da la realidad en los morros. Cuando ves que vas calcando, sin pensar en
ello, todas esas actitudes que tanto has comentado e incluso criticado. Todas.
Porque mi pareja y yo hemos hecho repaso cuando nos hemos ido dando cuenta, y
es que ni una. Ni una nos hemos dejado. Nos reímos de ello y cada vez que
ahora se nos ocurre decir “haremos...”, o “no haremos…” uno de los dos se ríe
y, haciendo el gesto de una bofetada en los morros, dice ZASCA, mejor no decir
nada, que luego…
Otra cosa
sorprendente del cambio y aceptación de la nueva realidad es el cambio de “aficiones”
que tiene uno. Yo soy aficionado a practicar deporte (natación, bicicleta,
trekking…), y también a verlo por televisión (F1, tenis, Snooker…). Cuando lo
veía por la tele (nótese que lo digo en pasado) lo vivía con intensidad
animando a quién me parecía… “Vamos Rafa”, “Avanti Fer”, “Go Ronnie”… así lo
vivía y disfrutaba…, Y hace unos días, mientras en la televisión estaban retransmitiendo un Gran Premio de F1, me encontré encima del cambiador de mi
hijo, animándole para que hiciera de vientre porque llevaba unos días estreñido
y lo estaba pasando mal…, y cuando por fin pudo hacer me llevé un alegrón, le
di un beso, le dije “muy bien, campeón”…, y me di cuenta que parecía el padre
de un futbolista felicitándole porque hubiera metido un gol en una final de la
Champions cuando lo único que había hecho era “caca”. Y le dije a Beatriz, “cómo
cambia la vida… la alegría del día es que el enano cague… no que hayamos hecho
50km en bici, ni que hayamos ido a nadar... nada…, la satisfacción del día es
que coma, que haga de vientre, que duerma bien”. Así han cambiado mis
prioridades. Esas son mis pequeñas satisfacciones diarias. Porque cuando él se
queda bien, a gusto, con sus necesidades satisfechas es cuando está feliz y
contento, es cuando juega con nosotros y nos regala esas sonrisas y carcajadas,
y entonces vas y entiendes esa frase que
tantas veces he oído a tanta gente y que no entendía: “Compensa”. Todos los padres lo dicen, pero uno sólo ve el esfuerzo
y los sacrificios y poco más… hasta que te echa esas sonrisas y notas que le
quieres mucho y piensas “compensa…, y mucho”.
Saludos,